Ayer mientras anochecía, oí caer las hojas de los árboles... decidí admirar durante unos minutos el baile que realizan al desprenderse de las ramas, la elegancia de sus movimientos mientras juegan con el viento y su último susurro al posarse en el suelo.
Ayer anocheciendo, oí como las gotas de lluvia golpeaban el cristal, intermitentemente, con pereza...y oí como, sin ninguna intención de molestar, resbalaban suavemente hasta posar.
Ayer al anochecer oí como pasaba el tiempo, segundo a segundo, tic-tac a tic-tac, y me dediqué a contemplar como transcurría todo un tiempo sin nada que pensar y ningún sonido más que escuchar.
Mientras oía pasar el tiempo, caer las hojas de los árboles y chocar las gotas de lluvia, me di cuenta de cuanta tranquilidad y de cuantas luces en la noche comenzaban a iluminar la ciudad.
Son anocheceres sosegados, noches que buscan el silencio y la paz, anocheceres con sonidos en busca del descanso en los que si cierras los ojos puedes oír los sonidos de tu alrededor que tantas veces pasan inadvertidos, incluso los latidos de tu corazón, los suspiros y... tu respirar.
Es curioso reflexionar los anocheceres tan diferentes que puedes llegar a experimentar...
Recuerdo los anocheceres de fiesta, de juerga, de salidas nocturnas que enlazan con el amanecer, aquellos que terminan con los primeros rayos de sol, están llenos de risas, de música, de locura, de libertad.
Esos anocheceres largos, los que preceden a noches en vela, quizás por el llanto de un bebé que no tiene intención de callar, o tal vez por inesperados desvelos con imposibilidad de descansar; son sonidos y noches que prefieres olvidar.
Recuerdo con mucho cariño aquellos interminables anocheceres en los que oyes el sonido de los libros y folios de apuntes, tazas de café, silla de estudio y el sonido del reloj que te recuerda que en unas horas te tienes que examinar.
Y estoy segura que tu tampoco puedes olvidar algún anochecer muy, muy especial... ese que, ya forma parte de tu historia personal.
Ayer anocheciendo, oí como las gotas de lluvia golpeaban el cristal, intermitentemente, con pereza...y oí como, sin ninguna intención de molestar, resbalaban suavemente hasta posar.
Ayer al anochecer oí como pasaba el tiempo, segundo a segundo, tic-tac a tic-tac, y me dediqué a contemplar como transcurría todo un tiempo sin nada que pensar y ningún sonido más que escuchar.
Mientras oía pasar el tiempo, caer las hojas de los árboles y chocar las gotas de lluvia, me di cuenta de cuanta tranquilidad y de cuantas luces en la noche comenzaban a iluminar la ciudad.
Son anocheceres sosegados, noches que buscan el silencio y la paz, anocheceres con sonidos en busca del descanso en los que si cierras los ojos puedes oír los sonidos de tu alrededor que tantas veces pasan inadvertidos, incluso los latidos de tu corazón, los suspiros y... tu respirar.
Es curioso reflexionar los anocheceres tan diferentes que puedes llegar a experimentar...
Recuerdo los anocheceres de fiesta, de juerga, de salidas nocturnas que enlazan con el amanecer, aquellos que terminan con los primeros rayos de sol, están llenos de risas, de música, de locura, de libertad.
Esos anocheceres largos, los que preceden a noches en vela, quizás por el llanto de un bebé que no tiene intención de callar, o tal vez por inesperados desvelos con imposibilidad de descansar; son sonidos y noches que prefieres olvidar.
Recuerdo con mucho cariño aquellos interminables anocheceres en los que oyes el sonido de los libros y folios de apuntes, tazas de café, silla de estudio y el sonido del reloj que te recuerda que en unas horas te tienes que examinar.
Y estoy segura que tu tampoco puedes olvidar algún anochecer muy, muy especial... ese que, ya forma parte de tu historia personal.

Al anochecer Toulouse-Lautrec se mezclaba entre la gente por los locales de diversión nocturnos del célebre barrio de Montmartre, la fascinación que sentía por estos paisajes interiores -cafés, prostíbulos, salas de baile, teatros- le llevo a familiarizarse con aquel entorno bohemio que tan espléndidamente reflejó en sus obras y en los numerosos bosquejos del natural.
Este mundo de la noche, de vicio y de extravagancia que fue un refugio para Lautrec, quién se sentía rechazado por la nobleza a la que pertenecía su origen, también fue su fuente de inspiración y temática, muy observador le atraía la gestualidad de cantantes, bailarinas y comediantes, le gustaba ridiculizar la hipocresía de los poderosos que rechazaban en voz alta los vicios y ambientes que degustaban en privado en la noche. Se consideraba a si mismo un cronista social y se mezcló y pintó y fue como el pueblo.
Toulouse-Lautrec se convirtió en el pintor de la modernidad, abandonando el estilo convencional para formar parte del Neoimpresionismo, sus carteles y litografías supusieron una gran innovación artística y fueron el vehículo que más publicidad dieron a su nombre.
Aplicó a la pintura su poderosa personalidad y su especial gusto por tratar a las personas y las cosas. El juego de las líneas, la sencillez de las formas, la intensidad del color, la desenvoltura dramática de sus personajes, su contacto con el placer y la alegría de vivir, hacen irrepetible la obra de Henri Toulouse- Lautrec.
Este gran pintor fue el ilustrador de la noche parisina, atraído por el deseo de mirar y de ser visto, supo transmitir sus sonidos, sus movimientos, sus pasiones, sus peligros y atracciones, supo reflejar en los rostros y retratos de sus gentes el anochecer de Montmartre.
(...) una cosa nunca es bella sólo porque sea nueva (...), la novedad es rara vez lo esencial. Se trata siempre de lo mismo: mejorar una cosa a partir de su esencia.
Henri de Toulouse-Lautrec
LOS SONIDOS DEL ANOCHECER
Óleo sobre lienzo
100 cm x 100 cm

